Él era canela dulce,
él era la vela que alumbraba mi recamara oscura.
Me abrazaba y me hacía feliz.
Me llamaba y me hacía sonreir.
Ojalá él supiera...
ojalá no tuviera que escribir aquí.
Casi todo lo que escribo aquí es para sobrevivir y enterrar.
Es para no sentir que me muero por todas las emociones.
Y a veces, es para dejar ir.
Mi chico de mirada intensa y perdida,
mi chico de olor a canela dulce y risa boba,
mi chico de lentes gruesos...
Mi chico...
ya no eres mío.
Viajaste a la luna y te quedaste allí,
sin poder enviar un mensaje, sin querer enviarlo.
Ya no duermes en mi cama, ya no me buscas.
Hiciste bien, dijeron.
Estoy muy rota y perdida,
olvidada en la web como este blog.
No te culpo por salvarte.
Hace años escribí sobre salvar a los que amo.
Te amo y sé que no volveremos a vernos.
Te amo y te lo juro que sí.
Aunque el amor no es fuego, no es sangre, no es dolor.
Perdón porque mi amor se vio como salir del infierno para entrar a un cementerio,
como ir a misa cuando la fe se acabo,
lo agote. Te agote.
Hiciste bien en irte a la luna y no buscarme,
te salvaste y me diste la lección de que efectivamente:
Obtuve lo que merecía.
Apague la vela y converti la canela dulce en un olor putrefacto.
Lo lamento.
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