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Tu roce.

Una vez más tropiezo en medio de la nieve, los recuerdos caen al rededor de mí como gotas de sangre. Llegaste a mí, susurraste a mi odio tus disculpas y tocaste mi espalda, tu roce quema más que el propio hielo. Por favor, no me toques porque hiere, duele, arde. No susurres, tu voz acelera mi corazón y hace vibrar cada célula de mi cuerpo. Aléjate, quiero evitarte, no quiero tenerte cerca de mí. ¿No lo entiendes?, tu existencia no me deja vivir, tu amabilidad lastima. Tus acciones no significan nada, pero para mí, significan el mundo. Tienes a alguien más, por eso, debo limitarme a morir en medio de esta tormenta invernal, lejos de ti.

Una quemadura.

Quisiera tocar tu mano, sostenerla por siempre, quisiera que el roce me dejará marca que tu calidez me queme,  como cuando solíamos hacer bolas de nieve, y la nieve a veces se consumía en nuestras palmas, dejándonos una sensación inolvidable.  Quemaba, pero esa quemadura me hacía recordar nuestros momentos juntos y entonces podía sonreír,  era como si por unos segundos estuvieses a mi lado acariciando la fría nieve.  Ahora que debemos separarnos por un tiempo indeterminado, quiero causarte una profunda herida en el corazón, pues no quiero que me olvides,  sé que yo nunca lo haré.  Déjame tocarte una vez y que mi roce te queme, para que al igual que con las bolas de nieve, algún día, sonrías al recordarme y sientas que no estás solo.  Nuestros corazones ya podrán ser heridos a lo largo de la vida.