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Buenos días.

Me gustó despertar con tu mensaje de "buenos días."
Justo una noche antes lo soñé y anhelé, 
tanto como para pensar que aún no despertaba cuando a las 9 a.m. escribiste.
Gracias al cielo había despertado, 
lo comprobé con esa punzada que da en el alma al recordar que no estás disponible, 
lo sé, otra vez esa triste canción resuena en mi mente: 
"Deberías saber que por ahora estás en mi lista… 
tu corazón no está disponible, déjame enseñarte lo mucho que me importas." 

Me gusta cuando hablamos sin mirarnos muy seguido a los ojos, 
no estás acostumbrado, y yo simplemente estoy avergonzada, en el buen sentido,
en la forma en que no puedo mirar a los ojos que quiero.

Me gusta cuando me hablas en la madrugada y dices "ve a dormir," pero ninguno se va.

Y me gustó aquel día helado en que llegue a la escuela y estabas fuera del aula, 
llegaste tarde, llegué tarde, ninguno entró a clase. 

Eres bastante amable, incluso lastimas. 
No es tu culpa, eso está claro, es mía por fijarme en ti. 

Odio que me hables, me mires, me saludes, que seas amable, 
lo odio con todas mis fuerzas, tanto que quisiera hallar algún motivo para que me odies 
y nunca vuelvas a notarme, 
sin embargo, soy tan masoquista que prefiero tu compañía, 
prefiero morir cada segundo un poco más, mientras lucho por mantener mi indiferencia. 

No es que no quiera saludar, 
es que simplemente los nervios están carcomiendo, 
así pasa cuando mi corazón cae por alguien. 


No te preocupes, jamás te molestaría con estos sentimientos. 
Te salvaré de mí.


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